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By Надав on Jul 22, 2018

esperar. Siempre lista para su hombre, que se lo devolvía de lujo. Y como resultado, un día y de pronto, bip-bip: Teresa viéndose de nuevo en el exterior, a

la intemperie, corriendo desconcertada con una bolsa y una pistola en las manos. Levantarse a orinar y quedarse allí quieta, un cigarrillo entre los dedos. Y así, entrecortado el aliento, mirándolo desorbitada tan de cerca que parecía tener su rostro y sus labios y sus ojos también dentro de sí, prisionera entre aquel cuerpo y las sábanas revueltas y húmedas a su espalda, lo apretó más intensamente con los brazos. Estaba claro que no era de ésos. El portal estaba al final de una escalera encalada, en un callejón que subía Polígono arriba entre rejas con macetas de geranios y persianas verdes -era un buen ejercicio bajar y subir dos o tres veces al día-, y desde la escalera se veían los. Más tarde ella había visto las primeras señales de lejos, sin casual dating es una estafa prestar atención. De ese modo, sin mirar atrás ni una vez en todo el largo rodeo, llegó a su casa. Lo cierto es que caminó sin rumbo entre los animados puestos de fruta y verduras, con las voces de tenderos y clientes resonando bajo la nave acristalada, y tras deambular por el recinto de la pescadería salió por la puerta que daba al cafetín. Ella había ido a comprar especias a la tienda de ultramarinos de Kif-Kif -a falta de chile mejicano, su gusto por el picante había terminado adaptándose a los fuertes condimentos morunos- y caminaba calle arriba, una bolsa en cada mano, buscando las fachadas con más. Ella todavía no estaba preparada, entonces. Teresa encendió el cigarrillo, inclinando el rostro, y el cabello suelto le cayó sobre la cara. Las vueltas de la camisa remangada sobre los brazos tostados por el sol, delgados y fuertes. Su calma parecía establecer que aquello era un asunto al cincuenta por ciento, y que cada cual debía recorrer su trecho del camino. Respecto al dinero, Teresa ahorraba hasta el último céntimo, así que se inclinó por lo otro. Miraba lejos, hacia el Gurugú y Marruecos. Meterse bajo la ducha y acariciarse el sexo con la mano humedecida de agua y jabón, los ojos cerrados, recordando la boca de un hombre. Con el Güero todo era reírse y coger. Y Teresa ahogó un gemido y todo volvió a comenzar otra vez mientras el sol en las rendijas de la persiana la deslumbraba con ráfagas de luz breves y tibias como cuchilladas. Ni aunque tuviese otra vez la piel y el vientre disponibles para quienes ya no eran el Güero. Luego, de regreso a su casa, estuvo sentada en el cuarto de baño, lavándose pensativa y despacio, mucho rato, antes de fumarse un cigarrillo ante el espejo, observando con aprensión cada uno de los rasgos thais zaragoza escort de sus veintitrés años de vida como si tuviera miedo. Incluso aunque la idea siempre la hacía sonreír de un modo extraño- amase de nuevo, o creyera hacerlo. Teresa, dijo en tono reflexivo, como si por alguna razón que ambos todavía ignoraban debiera acostumbrarse a pronunciarlo. Tal vez cierta inocencia, o una injustificada seguridad.

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